Panamá no está creciendo por accidente.
Está despertando.
Después de años donde la palabra crisis se volvió costumbre económica, institucional y hasta anímica el país empieza a mostrar señales claras de recuperación real. No de discursos. No de powerpoints. De obra, inversión y movimiento.
La economía panameña comienza a repuntar porque el Estado volvió a hacer lo que nunca debió dejar de hacer: invertir para dinamizar.
Hospitales que avanzan, carreteras que conectan regiones olvidadas, puertos que fortalecen la vocación logística del país y una Autoridad del Canal que, pese a las dificultades climáticas y geopolíticas, mantiene su músculo inversor intacto. Todo esto tiene un efecto inmediato: empleo, consumo, confianza.
Y la confianza, en economía, es oro.
El gobierno de José Raúl Mulino entendió algo fundamental: no hay crecimiento sin obra, ni obra sin decisión política. Hoy Panamá vuelve a ser un gran taller en movimiento. Y cuando un país se convierte en taller, el dinero empieza a circular, el comercio respira y la gente vuelve a creer.
A esto se suma un factor que nadie puede ignorar: la posible reapertura de la mina. Tema sensible, polémico, necesario de debatir con madurez. Pero también una realidad económica imposible de borrar del mapa. Si se maneja con reglas claras, transparencia y beneficio real para el país, puede convertirse —otra vez— en un motor de crecimiento, empleo y recaudación.
Panamá no puede darse el lujo de crecer con miedo.
El 2026 se perfila como un año bisagra. No será perfecto. No será fácil. Pero sí puede ser histórico si logramos convertir inversión en productividad y crecimiento en bienestar.
Y aquí va mi convicción, sin rodeos ni eufemismos:
“El 2026 no tendrá marco de referencia. Será el mejor año económico de Panamá en la era post invasión. Y punto.”
— Aldo López Tirone
No hablo solo de Chen-Chen en la calle que llegará sino de algo más profundo: riqueza como país, riqueza en infraestructura, en capacidad productiva, en visión de futuro.
El reto es claro: que esta bonanza no se quede en cifras macroeconómicas ni en balances oficiales. Que se sienta en el empleo, en el bolsillo, en la mesa familiar. Que no sea riqueza para pocos, sino prosperidad compartida.
Panamá tiene todo para lograrlo.
Decisión política, inversión activa y una economía que vuelve a latir.
El 2026 no será un año más.
Será el año en que sabremos si aprendimos la lección…
o si dejamos pasar, otra vez, la oportunidad de nuestra generación.
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