martes , abril 7 2026
Da Franco: Entre el aroma de la masa y el ruido de lo imperfecto

Da Franco: Entre el aroma de la masa y el ruido de lo imperfecto

Domingo de Resurrección.
Día de familia, de mesas largas, de risas que se mezclan con el tintinear de copas y el eco de conversaciones que parecen abrazarse unas a otras.

Hoy crucé la puerta de Da Franco, una pizzería escondida en un chalet en San Francisco, Ciudad de Panamá… y por un momento, Panamá dejó de ser Panamá.

El acento venezolano dominaba el aire.
No era ruido… era identidad.
Era nostalgia servida en voz alta, era familia reunida, era celebración.

El lugar estaba lleno y eso siempre dice algo.
Porque un restaurante vacío puede tener mil excusas, pero uno lleno solo tiene una: algo está haciendo bien.

Mesa para tres.
Mi esposa, mi hijo menor y yo.
Un pequeño núcleo familiar dentro de un mar de mesas que celebraban la vida.

Pedimos con prudencia —quizás demasiada—:
dos pizzas… y una entrada de arañitas.
El menú era amplio, tentador, casi provocador… pero decidimos jugar a lo seguro.
Error estratégico.
Porque cuando un lugar promete tanto, uno debería arriesgar más.

Pero el inicio… no fue poesía.
Fue tropiezo.

Las arañitas nunca llegaron.
Un pequeño caos silencioso entre mesero y cocina.
Nadie culpable… pero tampoco nadie responsable.
Y en la gastronomía, como en la vida, la ausencia pesa más que el error.

Las pizzas llegaron primero.
Las arañas quedaron en el limbo de lo pedido y no servido.
Canceladas.
Olvidadas.
Como esas promesas que se diluyen entre la intención y la ejecución.

Y entonces… cambió el ritmo.

Porque cuando llegó la pizza, llegó la verdad.

Masa delgada, crujiente… como debe ser.
Sin exceso, sin disculpas.

La de pepperoni: clásica, honesta, bien ejecutada.
Buen queso, buen producto… sin pretensiones, pero con respeto.

La Da Franco:
prosciutto elegante, parmesano con carácter, rúgula sin miedo.
Una combinación que no busca agradar… busca gustar.
Y lo logra.

Ahí, justo ahí… el lugar empezó a redimirse.

No pedimos más.
Y quizás eso hace que mi juicio sea incompleto, incluso injusto.

Pero lo vivido es lo vivido.

Pizzas: 8.0
Atención: 7.0

Y cuando todo parecía quedar en una experiencia “correcta”…
llegó el giro final.

En casa, revisando la memoria —porque no revisé la cuenta—,
me quedó la duda…
esa duda incómoda que pica más que cualquier crítica:

Creo… y repito, creo… que pagué las arañitas que nunca comí.

Error mío.
Esa mala costumbre de confiar sin verificar.
Pero también… una pequeña mancha en una experiencia que iba levantando vuelo.

¿Volvería?
Sí.

Porque los lugares no se miden solo por sus fallas, sino por su potencial.
Y Da Franco tiene algo…
algo que vale una segunda oportunidad.

Sobre todo por la recomendación de Ricardo,
que ahora queda en juego… entre la lealtad de la amistad
y la crudeza de la experiencia.

Volveré.
Pero esta vez…
con la familia completa, con más hambre…
y revisando la cuenta.

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