Definitivamente, no sé por dónde empezar este editorial. Y quizás ese sea precisamente el problema: donde uno toca, sale pus.
La Caja de Seguro Social de Panamá parece haberse convertido en una institución donde demasiadas cosas no funcionan y donde, cuando algo funciona, pareciera que primero tiene que pasar por una cámara, una conferencia, una aplicación o una publicación en redes sociales para que el país se entere.
Este editorial tendrá que convertirse en una saga, porque intentar resumir en unas cuantas líneas todo lo que merece ser cuestionado sería hacerle un favor a quienes administran una de las instituciones más importantes del país.
En la llamada «Era de Lao» había desdén. Esa era, al menos, la percepción que quedó instalada en buena parte de la ciudadanía: abandono, deterioro, desconfianza y una Caja que parecía alejarse cada día más de la gente.
Pero la pregunta hoy es incómoda y necesaria:
¿Eso realmente cambió?
¿O simplemente cambiamos la guayabera sin planchar por la colección de corbatas, los trajes elegantes, los lentes y el discurso de la modernización?
Porque una institución pública no se moderniza solamente poniéndole aplicaciones, plataformas digitales, inteligencia artificial y nombres tecnológicos a sus procesos.
Todo eso puede ser necesario.
Bienvenido sea.
Pero antes de digitalizar el problema hay que resolver el problema.
¿De qué sirve saber desde un teléfono que una medicina no está disponible, si el asegurado sigue sin tener la medicina?
La propia CSS lanzó recientemente Mi Farma Digital, una herramienta para consultar en tiempo real dónde existen medicamentos, mientras públicamente se reconocía que decenas de medicamentos no estaban disponibles. También se han reconocido problemas de abastecimiento vinculados a fallas e irregularidades en los controles internos.
La tecnología informa.
Pero la medicina cura.
Y el asegurado no puede tragarse una aplicación tres veces al día.
La realidad que importa no está solamente en una pantalla. Está en la farmacia, en urgencias, en los pasillos, en las salas de espera y en las casas de miles de panameños.
La prioridad debería ser brutalmente sencilla:
MEDICINAS. ATENCIÓN DIGNA. CITAS MÉDICAS OPORTUNAS. CIRUGÍAS SIN ESPERAS INTERMINABLES.
Eso es lo básico.
Después hablamos de inteligencia artificial.
Después hablamos de transformación digital.
Después hablamos de la Caja del futuro.
Porque mientras se vende modernización, todavía existen asegurados enfrentando retrasos para conseguir citas, falta de especialistas, problemas de abastecimiento y demoras quirúrgicas. Incluso bajo esta administración se han reconocido irregularidades gravísimas dentro de la institución: venta ilegal de citas, robo de medicamentos y manipulaciones relacionadas con pensiones.
Y entonces surge otra pregunta:
¿Quién manda realmente en la Caja?
Porque denunciar las mafias internas es importante.
Descubrirlas es importante.
Presentar denuncias es importante.
Pero Dino Mon no fue colocado allí para convertirse únicamente en el narrador oficial de todo lo malo que encuentra.
Fue nombrado para corregirlo.
Ya pasó el tiempo suficiente para que el país pueda exigir resultados.
Director Mon: menos cuento y más ejecución.
Menos espectáculo y más administración.
Menos cámaras y más farmacias abastecidas.
Menos publicaciones y más médicos atendiendo.
Menos anuncios y más cirugías realizadas.
Menos promesas y más citas disponibles.
Y sobre todo, menos distancia entre Clayton y la realidad cotidiana del asegurado.
Porque existe algo que quienes administran la Caja jamás deberían olvidar:
LOS QUE VAN A LA CAJA NO SON INDIGENTES.
Son asegurados.
Son trabajadores.
Son jubilados.
Son hombres y mujeres que durante décadas entregaron parte de cada salario a una institución bajo la promesa de recibir atención médica, medicamentos y seguridad social cuando los necesitaran.
No están pidiendo limosna.
Están reclamando aquello por lo que pagaron con años de sudor y trabajo.
Cada jubilado esperando horas merece respeto.
Cada paciente recorriendo farmacias buscando un medicamento merece respeto.
Cada asegurado esperando meses por una cita merece respeto.
Cada familia esperando una cirugía merece respeto.
Y ese respeto no se demuestra con una App.
Se demuestra resolviendo.
Por eso también resulta legítimo cuestionar las prioridades administrativas. En junio se conoció que la CSS preveía contratar por $2.4 millones una póliza para cubrir errores u omisiones de directores, subdirectores, miembros de la Junta Directiva y asesores, con una cobertura de hasta $15 millones anuales durante tres años. La contratación fue defendida públicamente por el propio director.
Y mientras el asegurado escucha cifras millonarias, digitalización, plataformas y proyectos, sigue formulándose la pregunta más sencilla de todas:
¿Y mi medicina?
¿Y mi cita?
¿Y mi operación?
¿Y mi atención?
¿Y para cuándo?
Dino Mon, deje el ruido alrededor del cargo.
Deje que los resultados sean quienes hablen.
Los viajes, reuniones, gastos, asesores, contrataciones y relaciones con proveedores deben estar sometidos al máximo escrutinio público, porque estamos hablando del dinero de los asegurados. Donde exista una irregularidad, que se investigue; donde exista un gasto innecesario, que se explique; y donde exista un conflicto de interés, que se denuncie y se pruebe.
Aquí no hacen falta rumores.
Hace falta transparencia.
Y si todo está correcto, que se abran las cuentas, los contratos y los resultados para que Panamá pueda comprobarlo.
Director Mon, empiece a caminar con «Paso Firme», como dice el presidente José Raúl Mulino.
Deje un poco las redes y las cámaras.
Usted no es un artista.
Es un funcionario público.
Es un empleado del pueblo panameño.
Y mientras esté ocupando ese despacho, tiene una obligación que está por encima de cualquier imagen personal: rendir resultados por el salario y la responsabilidad que todos los panameños le hemos confiado.
En su intimidad haga lo que le dé la gana.
Encienda las luces que quiera.
Vista como quiera.
Viva como quiera.
Eso pertenece a su vida privada y debe respetarse.
Pero cuando entra por la puerta de la Caja de Seguro Social deja de tratarse de Dino Mon.
Se trata de millones de asegurados.
Y esos asegurados están cansados de cuentos.
Panamá no necesita una Caja bonita en Instagram.
Necesita una Caja que funcione.
No necesita saber solamente dónde falta la medicina.
Necesita que haya medicina.
No necesita una aplicación que le diga que espere.
Necesita una cita.
No necesita escuchar por enésima vez lo mal que estaba la institución cuando usted llegó.
Necesita saber cómo está después de que usted llegó.
Porque llegará un momento en que la herencia recibida dejará de ser una explicación válida.
Y entonces solamente quedará una pregunta:
¿La arregló o no la arregló?
Hasta ahora, para demasiados asegurados que siguen esperando una medicina, una cita, una operación o simplemente una atención digna, la percepción puede resumirse en una frase tan dolorosa como incendiaria:
Del desdén de Lao pasamos al cuento de Dino.
Cambió el estilo.
Cambió la imagen.
Cambió el discurso.
Llegaron las Apps.
Llegó la inteligencia artificial.
Llegaron las plataformas.
Pero si al final el asegurado continúa esperando…
¿qué fue realmente lo que cambió?
La Caja de Seguro Social no necesita otro buen comunicador de sus problemas.
Necesita un administrador que los resuelva.
Y el reloj, Dino, sigue corriendo.
Editorial Autorizado por D Media Group LLC, para La Voz Noticias, Impacto Noticias Network y Panama Noticias Network
La Voz Noticias La Voz Noticias: Mantente al día con las últimas noticias de política, economía, deportes y más.