viernes , agosto 14 2026
Aldo López Tirone recuerda a su Nona al conocer el antiguo manuscrito sobre la infancia de Jesús

El manuscrito de la infancia de Jesús que me recordó a mi Nona | Aldo López Tirone

Un antiguo fragmento sobre los años desconocidos de Cristo despierta en Aldo López Tirone un recuerdo familiar que une fe, tradición y misterio.

Hay descubrimientos que parecen venir del pasado para tocar una puerta que llevamos abierta desde niños.

Investigadores europeos identificaron en la Biblioteca Estatal y Universitaria de Hamburgo un pequeño fragmento de papiro, catalogado como P.Hamb.Graec. 1011, que resultó ser la copia más antigua conocida hasta ahora del llamado Evangelio de la Infancia según Tomás, un texto apócrifo que relata episodios de Jesús cuando era niño. El fragmento ha sido fechado entre los siglos IV y V, aunque los investigadores consideran que la obra original pudo escribirse alrededor del siglo II.

No estamos hablando de un nuevo libro de la Biblia ni de una revelación que cambie los Evangelios que conocemos. Estamos frente a algo quizá más humano y, para quienes creemos, profundamente sugestivo: una ventana hacia las historias que los primeros cristianos contaban acerca de aquellos años de Jesús sobre los cuales los Evangelios canónicos guardan casi absoluto silencio.

Y aquí es donde este descubrimiento dejó de ser para mí solamente arqueología.

Me llevó directamente hasta mi Nona, mi abuela calabresa.

Cuando era niño, ella me hablaba de Jesús con esa mezcla de fe, ternura y misterio que tenían nuestras abuelas. Y recuerdo perfectamente una historia: decía que Jesús, siendo todavía un niño, tomaba barro entre sus manos, hacía pequeños pájaros y después, de alguna manera milagrosa, aquellos pájaros cobraban vida y volaban.

Yo la escuchaba fascinado.

Muchísimos años después aparece ante mis ojos la noticia de este papiro y descubro que precisamente una de las escenas conservadas del Evangelio de la Infancia según Tomás habla de Jesús, a los cinco años, formando doce gorriones de barro y dándoles vida. En la tradición textual identificada por los investigadores, Jesús aplaude y las figuras cobran vida.

Entonces inevitablemente pensé:

¿Cómo sabía mi Nona aquella historia?

Probablemente porque las historias viajan de una generación a otra mucho antes de que nosotros sepamos de dónde nacieron. Viajan por pueblos, iglesias, familias y sobremesas. Cruzan Calabria, atraviesan océanos y terminan siendo contadas por una abuela a su nieto.

Quizás allí también vive una parte de la Fe.

No solamente en los grandes templos o en los libros antiguos, sino en esa memoria oral que nuestros abuelos recibieron de los suyos y que, sin saberlo, nos entregaron como pequeños tesoros.

La ciencia hoy encuentra un papiro de once por cinco centímetros que permaneció durante décadas prácticamente ignorado y reconoce en él una historia de casi dos mil años.

Yo, en cambio, al leerla, encontré algo todavía más antiguo dentro de mí:

la voz de mi Nona contándome sobre aquel niño Jesús que jugaba con barro y hacía volar pájaros.

Hay misterios que probablemente nunca podremos demostrar.

Pero también existen recuerdos que no necesitan demostración.

Y ahora, cada vez que vuelva a escuchar esta historia, sonreiré pensando que quizás mi Nona sabía mucho más de lo que aquel niño que fui podía imaginar.

Algún día, cuando nos encontremos nuevamente, tendré una pregunta pendiente:

“Nona… ¿quién te contó la historia de los pájaros de barro?”

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